Por una remodelación de nuestro Servicio Exterior

Publicado: 27/03/2012 de Fernando Lario en Política Nacional
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Todos aquellos que, por razón de nuestro trabajo, hemos tenido contacto o necesidad de recurrir a las representaciones diplomáticas españolas en el extranjero, tenemos múltiples historias que contar respecto a sus deficiencias, ineficiencias o clara inoperabilidad de las mismas, salvo contadas y honrosas excepciones. La opinión generalizada es que sus cargos constituyen “chollos” pagados a precio de oro y de muy dudosa utilidad práctica. El tema no es nuevo porque hace treinta años que se viene hablando de la necesidad de una reforma del Servicio Exterior, sin que haya llegado nunca a acometerse.

Contamos con representaciones multitudinarias y masivas en países donde no se necesitan, como son todos los de la Unión Europea, cuyas embajadas tienen a veces hasta 11 agregadurías u oficinas asimiladas, con personal de todos los ministerios, cuya utilidad práctica es nula dado que la tecnología y facilidad de comunicaciones permite y fomenta el contacto directo entre los responsables ministeriales de cada país. Mientras,  países con economías emergentes en los que sería necesaria y conveniente una presencia española, la tienen muy limitada o incluso carecen de ella. Resulta indignante ver Agregadurías de Defensa en capitales europeas con Agregados de los tres ejércitos, Tierra, Mar y Aire, más uno de Adquisiciones, todos ellos con ayudantes de sus respectivos ministerios. Claro, es más agradable vivir en Londres, París o Berlín que en Djibouti, pero posiblemente los intereses españoles estarían mejor representados si el Servicio Exterior se enfocara más mirando al futuro que al pasado. Realmente no necesitamos embajadas, como tal, en ningún estado europeo sino, como mucho y hasta que el concepto de ciudadanía europea se consolide más, unas cuantas oficinas consulares que ayuden a los españoles que se hallen en situación de dificultad temporal.

En estos tiempos en que el Gobierno considera prioritario reducir el déficit público es obligado señalar el enorme despilfarro que supone mantener un Servicio Exterior anclado en el pasado, que aún no se ha dado cuenta de que estamos a mitad de camino del primer cuarto del siglo XXI.

El Gobierno ha expresado ya su deseo de acometer seriamente su reforma. Esperemos que esa expresión no sea tan retórica como la famosa Ley de Transparencia, que no debería llamarse Ley dado que aquellos a quienes va dirigida no parecen tener obligación de cumplirla.

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