El mito de la ideología

Publicado: 24/04/2012 de Fernando Lario en Economía, Política Nacional
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Hace algún tiempo escribí un artículo bajo el título “El nuevo Opio del Pueblo” en el que definía como tal a la ideología; un concepto que tuvo su razón de ser en el contexto socio-económico de hace un siglo pero que realmente no solo no aporta nada hoy sino que es una piedra en el zapato de una economía globalizada en la que hay que tomar decisiones aquí en función de factores o hechos en Australia, Brasil o China. En ese terreno solo cabe el pragmatismo. Países, empresas y familias han de gestionarse exactamente igual; con control de gasto, procurando incrementar los ingresos y realizando inversiones prudentes.

Hoy día toda referencia a ideología es pura retórica, en este caso en su acepción más peyorativa de mentecatez. Ni los sindicatos tienen que ser de izquierdas, ni las asociaciones de empresarios de derechas. Cada uno defiende a sus afiliados y negocia lo mejor que pueda obtener para ellos, dentro del interés común de empresa y trabajadores, que es seguir vendiendo y por tanto creciendo. Como tal, ninguno debe recibir ayudas ni subvenciones del Estado, sino que cada palo debe aguantar su vela. Al igual que las empresas, los sindicatos y asociaciones empresariales han de ser competitivos, y eso no se consigue creando castas sostenidas por el Estado y dotadas de retóricos ideólogos totalmente divorciados de la realidad social y económica. Tal situación conviene evidentemente a esos “representantes” que viven en un mundo ficticio, con su propia política interna y fuentes de ingresos no ganados; pero no conviene para nada a los “representados”, que viven en el mundo económico real. ¿Se sienten verdaderamente representados todos los empleados y empresarios de este país por sindicatos y asociaciones empresariales, respectivamente? Según los comentarios que uno oye por la calle, yo diría que no.

Sindicatos y asociaciones empresariales son en realidad negociadores, algo así como abogados contratados por las partes para tratar de llegar a un acuerdo que interese a ambas, usando cada cual las armas de que dispone para llevar la negociación a su terreno. No hay ideología alguna en esa negociación, solo defensa de intereses en conflicto pero con un objetivo común. Y cuando uno contrata a un abogado, tiene que pagarle. Si no quiere hacerlo, le darán uno de oficio, pagado por el Estado; pero puede apostar lo que quiera a que en la mayoría de los casos no será tan  bueno ni se tomará tanto interés en el tema como si estuviera pagado por la parte que defiende. Esa es, lamentablemente, la realidad española de hoy, victima de esa obsesión de que sea el Estado quien soporte el costo de todos los bienes y servicios que recibimos. No entendemos, o pretendemos no entender, que, si queremos que alguien nos defienda con eficiencia, hemos de estar dispuestos a pagar a ese alguien.

El resultado son sindicatos y asociaciones empresariales que se mueven en una retórica ideológica caduca y absurda, más pendientes de no molestar demasiado a la mano que les alimenta que de hacer el trabajo por el que cobran.

Porque no vendemos ideología, sino bienes y servicios, y estos han de ser competitivos; o, de lo contrario, sencillamente no los vendemos. Quienes se esfuerzan en mantener, en el siglo XXI, argumentos retóricos basados en ideologías de uno u otro signo están tan desfasados de la realidad como los propietarios de diligencias en el siglo  XIX que pretendían hacer frente a la competencia del tren con manifestaciones de que el cuerpo humano no estaba diseñado para moverse a esas velocidades –que entonces eran de unos 70 Km/h- por lo que viajar en tren podría causar daños al cerebro. Puede que alguien se lo creyera, claro, porque siempre hay alguien dispuesto a creérselo todo, y por eso seguimos teniendo partidos políticos vendiendo ideología en vez de calidad de gestión. Pero la inexistencia total de diligencias hoy demuestra claramente que sus argumentos no tuvieron mucho éxito.

Para todos esos trasnochados devotos de la ideología de hoy, solo cabe una descripción: no son de izquierdas ni de derechas, sino simplemente tontos.

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