¡Vivan los ricos!

Publicado: 05/05/2012 de Fernando Lario en Economía, General
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Sí, lo digo yo que disto mucho de serlo, aunque por supuesto me gustaría. Como les gustaría a todos aquellos cuyo hobby parece ser atacarles sistemáticamente. Porque observo tal inquina nacional contra ellos que creo merecen un cierto desagravio.

Así que vivan los ricos porque, en su deseo de ser aún más ricos, crean o ayudan a crear empresas productivas que proporcionan puestos de trabajo, actividad económica y, con ella, bienestar. Incluso aquellos que no crean nada, que se limitan a vivir de las rentas de su dinero, tienen su capital depositado en instituciones financieras desde las que se recicla y canaliza hacia empresas y actividades productivas. Por contra, mueran aquellos que, manejando el dinero público como si fuera suyo, construyen aeropuertos sin pasajeros ni aviones, ferrocarriles sin viajeros, edificaciones inútiles y mal construidas, y drenan no ya de recursos sino incluso de capacidad de endeudamiento a instituciones públicas, intentando enriquecerse a base de comisiones y enchufando a parientes, amiguetes o compañeros de lecho, destruyendo así la riqueza nacional y empobreciéndonos a todos. Estos son los verdaderos delincuentes.

Un país con muchos ricos vive mejor que uno con pocos. En Estados Unidos –hablo desde el conocimiento que me da haber vivido allí diez años- ser rico no solo no está mal visto sino que es la aspiración de todo ciudadano, el epítome del “sueño americano”. Es un país que premia el esfuerzo con el éxito y por ello es la tierra de las oportunidades. La asistenta brasileña que teníamos fue consiguiendo casas a través del “boca a boca” por su dedicación y eficiencia, mientras su marido y su hijo hacían la limpieza de un pequeño edificio de oficinas en el pueblo de al lado. Hoy, su marido y ella son dueños de una próspera empresa de limpieza que da trabajo a 50 personas. Un jardinero mejicano que llamó a la puerta un tórrido día de julio para ofrecerse como jardinero, hizo un trabajo tan completo y en tan duras condiciones que le pedí que viniera un día a la semana para mantenerlo. A los seis meses tenía una camionetilla y otros tres mejicanos trabajando para él. Hoy supongo será otro pequeño empresario que también ha obtenido su parcela del “sueño americano” y seguirá creciendo y prosperando. Hay por supuesto muchos que no se esfuerzan en conseguirlo y otros que, aún esforzándose, no lo consiguen. Pero estos últimos viven siempre con la vista puesta en llegar allí y tarde o temprano, a ellos o a sus hijos, les surge la oportunidad.

Muchas de las hoy grandes multinacionales americanas empezaron del modo más modesto. Dos jóvenes ilusionados y trabajadores, William Hewlett y David Packard, empezaron a soldar componentes eléctricos en un pequeño garaje en California, para crear equipos diseñados por ellos, y así nació el imperio tecnológico que conocemos como HP. En otra área enteramente diferente, Hugh Heffner obtuvo el dinero necesario para imprimir y publicar el nº 1 de la revista Playboy gravando su casa con una segunda hipoteca. Era algo nuevo y distinto, que rompía moldes, y, de haber fracasado, él, su mujer y su hija –Christine, que más tarde asumiría el puesto ejecutivo más alto de la empresa- habrían perdido su casa. Hoy es un imperio mediático y red de casinos.

Todos esos emprendedores iniciaron su andadura sin subvenciones ni ayudas públicas de ninguna clase y consiguieron, como premio a su esfuerzo y asunción de riesgo, hacerse ricos. San José, la capital de Silicon Valley, está llena de esos emprendedores intentando triunfar. Pero también los hay en abundancia en otras muchas ciudades, a lo largo y ancho de aquel país, esforzándose en desarrollar y vender una idea que les haga ricos.

Por el contrario, en España, donde se vive día a día lo del “que inventen ellos” que, aunque lo dijera una mente tan preclara como la de Unamuno, pasará a la historia como una de las frases más absurdas del siglo XX, al que se le ocurre algo lo primero que hace es buscar una subvención que los poderes públicos, disparando con “pólvora del Rey”, están siempre dispuestos a dar con la generosidad y ligereza de quien lo extrae de bolsa ajena. Aquí, esos que ZP, con su conocida brillantez y perspicacia, llamó “el mundo de la cultura”, refiriéndose fundamentalmente a los que mi abuela solía llamar, en el lenguaje de le época, peliculeros, han estado durante generaciones produciendo bodrios que osaban llamar películas, naturalmente subvencionadas por el Ministerio de Cultura u organismo similar.

Así, mientras el sueño americano consiste en esforzarse intentando hacerse rico, el sueño español consiste en intentar empobrecer a los ricos para que así haya más subvenciones para vivir con el mínimo esfuerzo. Los progres llaman a eso reparto equitativo de la riqueza. Yo le llamo estupidez. Porque para poder repartir algo, primero hay que crearlo. Y mientras que esforzarse en subir a cotas más altas por sus propios medios es de emprendedores e innovadores, bajar el listón para poder llegar a él sin gran esfuerzo es solo de mediocres.

Así que … ¡vivan los ricos!

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