Archivos para septiembre, 2012

Mediocridad, según Forges

Publicado: 06/09/2012 de Fernando Lario en General

   Creo que la mejor manera en que puedo reiniciar la nueva temporada, tras las vacaciones estivales, es reproduciendo un escrito que Forges publicó en mayo pasado. Me he referido en muchas ocasiones anteriores al cultivo de la mediocridad que venimos practicando en España desde hace décadas; pero el genial humorista, que esta vez escribe muy en serio, hace un análisis detallado de los síntomas que nos llevan necesariamente al diagnóstico final: somos un país donde solo triunfa la mediocridad.

El triunfo de los mediocres, por Forges

Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo. 

Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes o una huelga general. 

Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel. 

Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre. Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente. 

Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan. Porque son de los nuestros. 

Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado  natural de las cosas. Sus excepciones, casi siempre reducidas al deporte, nos sirven para negar la evidencia.

– Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente basura.

– Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un presidente que hablara inglés o tuviera unos mínimos conocimientos sobre política internacional.

– Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir incluso a las asociaciones de víctimas del terrorismo.

– Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo tres veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado.

– Mediocre es un país que no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir.

– Mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro, que sin embargo, encuentra más motivos para indignarse cuando los guiñoles de un país vecino bromean sobre sus deportistas.

– Mediocre es un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada –cuando no robada impunemente- y la independencia sancionada.

– Es Mediocre un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, por políticos que insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza.

– Mediocre es un país que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.

Suscribo íntegramente esta opinión que se podría dar en tono de voz más alto pero nunca con mayor claridad. Es una llamada de atención a la realidad para que, en vez de quejarnos todo el rato sobre nuestros infortunios echando, como es habitual, la culpa a los demás, entendamos de una pajolera vez que la causa está en nosotros mismos, en nuestra actitud ante la vida y en nuestros comportamientos sociales. Dejémonos ya de “conspiraciones judeo-masónicas” –la sombra de Franco sigue afectando nuestro pensamiento– y enfrentémonos a la realidad, aún triste y dura como es de aceptar. Solo ese reconocimiento nos puede salvar como país y permitir que dejemos un legado decente a nuestros hijos.