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Chercher l’argent

Publicado: 11/11/2012 de Fernando Lario en Ética y moral, Economía, Política Nacional
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Hace pocas semanas Xavier Sala i Martín, un catalán profesor de Economía de la Universidad de Columbia, en Nueva York, lanzó a los cuatro vientos la proclama de que una Cataluña independiente sería económicamente tan próspera como Mónaco y los mercados harían cola para financiar su gasto público a precios incluso inferiores a los que disfruta Alemania. Todos lo medios de comunicación catalanes, y buena parte de los del resto del país, se hicieron eco del comentario. Los primeros, para alentar y apoyar los criterios soberanistas de un sector de su población que ha sido lenta y dedicadamente adoctrinada en una mezcla de victimismo y odio, con el no ya beneplácito sino la complicidad de los partidos nacionales a ambos lados del espectro político, alguno de cuyos líderes, de triste recuerdo, llegó a decir, a cambio de apoyos políticos, que el concepto “nación” era discutido y discutible. Los segundos, como expresión de la perplejidad que producía oír a un profesional de la economía confundir la posición y realidad histórica, así como sus modelos productivos, de Cataluña y Mónaco.

Yo siempre he mantenido que el ser humano actúa racionalmente y, cuando algo no parece tener mucho sentido, hay que ir a buscar las razones personales que impulsan actuaciones aparentemente carentes de racionalidad. Los franceses acuñaron, en el siglo XIX, la frase “chercher la femme” (busca a la mujer) apuntando a una contrapartida de favores sexuales como probable explicación de comportamientos aparentemente carentes de lógica. En los tiempos que vivimos, la liberación, en todos los órdenes, de la mujer no ha convertido esa frase en obsoleta pero sí la ha sacado del primer plano para trasladarla a uno inferior. Aunque pueda no resultar, según de qué ángulo se mire, lisonjero para las señoras, la frase hoy debería ser “chercher l’argent” (busca el dinero) para la explicación de actitudes de otro modo inexplicables.

Lo que nos devuelve de nuevo al Sr. Sala i Martín. Cuando un profesional especializado en macroeconomía, doctorado en Harvard y catedrático de Columbia -una de las universidades más prestigiosas del mundo- dice semejante estupidez, uno no tiene más remedio que buscar explicaciones en modelos menos ortodoxos que el simple pensamiento racional. Y, dada la distancia entre Nueva York y Cataluña, es poco probable que haya sido una “femme” quien impulse a ese señor a realizar tan peculiar afirmación. Por otro lado, la posición de profesor de una universidad como Columbia no solo da un considerable prestigio sino que está además razonablemente bien pagada. ¿Tendremos que descartar también “l’argent” como fuente de inspiración y considerar que se trata de un caso de fanatismo nacionalista? Tal vez, pero no cabe duda de que ese señor es un intelectual, lo que, en principio, es incompatible con el fanatismo. ¿Entonces …?

Por fin la prensa nos acaba de ofrecer la solución al aparentemente insoluble dilema: resulta que las más altas instancias de Convergència i Unió (CIU) cuentan con el Sr. Sala i Martín para el cargo de Conseller de Economía de Cataluña. Por fin podemos poner el punto sobre la “i” y encontrar racionalidad a lo aparentemente irracional. Se trata, como es tan común en estos tiempos, de “l’argent” después de todo. L’argent que a muchos compensa, en nuestra sociedad, del rubor de decir tonterías.

¿L’argent? ¿Es que gana más un conseller catalán que un profesor de Columbia? En sueldo limpio, posiblemente no. Pero solo tenemos que contemplar la situación patrimonial de gran parte de los políticos que han ocupado altos cargos en este país, y, en algunos casos, la de su entorno familiar más próximo, para comprender que el sueldo es lo que menos importa. Así que ya podemos entender la motivación del Sr. Sala i Martín, la razón detrás de su carencia de rubor a la hora de comparar las economías de Cataluña y Mónaco. Y, conviene recordar, donde no hay rubor es difícil que haya ética.

En política, Sr. Sala i Martín, no basta con serlo; hay que parecerlo. Y en este momento, señor mío, es muy posible que usted lo sea, pero desde luego dista mucho de parecerlo.