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Cuando el cinismo se disfraza de democracia

Publicado: 07/06/2012 de Fernando Lario en Comunidad de Madrid
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Esperanza Aguirre ha anunciado la reducción a la mitad del número de diputados de la Asamblea de Madrid, y naturalmente Sus Señorías no están de acuerdo. Los del PP no se atreven a decir nada, en un desesperado intento por mantener viva la oportunidad de ir en las próximas listas, sobre todo si éstas se van a ver reducidas a la mitad. Los de los demás partidos ya están vociferando, claro, puesto que no tienen nada que perder y sí algo que ganar. Así que ellos ponen los gritos, y sus colegas del PP la presión interna para convencer a Dª Esperanza que es mejor dejar el chollo como está. No claman al cielo ante la reducción del sueldo de funcionarios, el demoledor paro juvenil, la posible congelación, una vez más, de las pensiones, la malversación de fondos públicos, por decir solo unos pocos, ni, sobre todo, la total ausencia de legitimidad democrática en sus actuaciones de todos los días. Sí, en cambio, a la reducción del número de escaños.

Pero lo mejor de todo ha sido la reacción de Tomás Gómez, Secretario General del Partido Socialista de Madrid. Según él, la medida afectará a la proporcionalidad del sistema y perjudicará a los partidos minoritarios. Lo cual es una mezcla de demagogia y cara dura. Es ambas cosas porque a los dos grandes partidos, PP y PSOE, solo les preocupa la proporcionalidad del sistema cuando están en la oposición y buscan sus apoyos. Y si, para conservar esa proporcionalidad interesada, todo lo que él propone es que sigamos manteniendo a 65 gandules, me temo que está ladrando bajo la copa del árbol erróneo.

Y, para complementar el desvarío, se permite el lujo de hacer referencias a la calidad del sistema democrático. Ya lo he dicho antes, pero lo vuelvo a repetir: la calidad democrática en el sistema español sería exactamente la misma si tuviéramos un solo diputado por partido que haya ganado representación parlamentaria en las urnas, que votaran en un ordenador de 1.000 € provisto de un programa muy sencillito, de unos 300 €, que diera a cada uno de esos diputados automáticamente el número de escaños que les correspondería, según la Ley d’Hont, por el número de votos obtenidos en las elecciones. Así, con gastarnos una vez 1.300 €, tendríamos el mismo nivel de democracia que ahora en Las Cortes, en las Asambleas de Comunidades Autónomas o en los Ayuntamientos; y podríamos incluso incrementar el número de diputados y concejales virtuales, para que el Sr. Gómez no sufra por la falta de proporcionalidad de los partidos minoritarios, a cientos o incluso miles. Ahorraríamos a nivel nacional tal cantidad de dinero que no sería necesario bajar sueldos o congelar pensiones para obtener una reducción importante en el déficit presupuestario. Y, no más importante pero sí más agradable, nos ahorraríamos el bochornoso espectáculo de los escaños vacíos, los gandules dormitando en ellos, y, sobre todo, nos ahorraríamos tener que oír la tanda de incongruencias y memeces que se dicen unos a otros en los eufemísticamente llamados debates, sin más objeto que ganar puntos ante el “jefe” y así prolongar otra legislatura más el seguir comiendo de la sopa boba. Desgraciadamente eso, y solo eso, es nuestra democracia gracias a la Ley Electoral que tenemos.

Porque lo que es democráticamente inconcebible, Sr. Gómez, es que a esos diputados les nombre usted, o Esperanza Aguirre,  y no yo; que le deban su escaño, y por tanto lealtad, no a mi voto sino al puesto en la lista en que usted, o el “jefe” de turno,  los puso. Si le preocupa tanto la “calidad democrática”, Sr. Gómez, ¿por qué no hace alguna propuesta para establecerla, cambiando la Ley Electoral? Y, sobre todo, ¿por qué no deja de aburrirnos diciendo tonterías?