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Gibraltar o cómo hacer 300 años el ridículo

Publicado: 20/05/2012 de Fernando Lario en Política Nacional
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Ya tenemos un gobierno del PP y con ello vuelta a la gresca con los gibraltareños. Controles exhaustivos, molestos e innecesarios en la frontera, tensión e incidentes múltiples y, por encima de todo ello, una irritante sensación de impotencia ante la continua estupidez. Porque Gibraltar jamás llegará a ser español. Ya nos hemos encargado los propios españoles de que eso no ocurra nunca.

La cosa viene por supuesto de muy atrás pero adquiere carácter de especial virulencia durante el franquismo y sobre todo cuando Castiella fue Ministro de Asuntos Exteriores. Tal fue su obsesión, emanada lógicamente desde El Pardo, con ese tema, que fue conocido jocosamente como el “Ministro del Asunto Exterior” porque no se le recuerda otra actuación de relevancia. Su gobierno cerró la verja, concedió una pensión vitalicia a todos los obreros españoles que hasta entonces habían ido todos los días a trabajar en distintas instalaciones industriales del Peñón y decidió, por decreto, crear un polo industrial en la Bahía de Algeciras que supuestamente generaría riqueza y puestos de trabajo en la zona, mientras que los pobres llanitos languidecían en la escasez y se verían sin duda pronto obligados a rendirse y pedir por favor su incorporación a España.

No funcionó así. Quien quiera que hiciera tan brillante planificación, olvidó unas cuantas cosas; la más importante de ellas, que los gibraltareños vivían en democracia, podían opinar, viajar y vivir en libertad, algo que nos estaba vedado a los españoles. Otra, que los pueblos, puestos entre la espada y la pared, suelen reaccionar con inventiva y resolución. Así que trajeron trabajadores de Marruecos, que estuvieron encantados con la oportunidad que nuestra estupidez les deparó, viajaron al mundo a través de Londres con servicios aéreos que se reforzaron en número, y crearon un servicio de ferry con Tánger para importar todos los productos frescos que necesitaban. Los llanitos siguieron viviendo bien y libres; el polo industrial de la Bahía de Algeciras solo atrajo tres empresas, en el transcurso de muchos años, que, por sus características –refinería de petróleo, central eléctrica y acero inoxidable-, requerían personal altamente cualificado y por tanto crearon muy pocos puestos de trabajo para los locales; nuestros obreros, obligados a dejar sus empleos en Gibraltar, siguieron cobrando del Estado; y la economía de Marruecos se benefició del flujo de negocio que le habíamos regalado con nuestra genialidad política.

En vista de ello, unos años después dimos un paso más: cerramos nuestro espacio aéreo colindante con el Peñón, de modo que los aviones de la entonces British European Airways se veían obligados a describir un circulo muy cerrado de aproximación que terminaba prácticamente en la cabecera de pista, entorpeciendo y minando la seguridad de los vuelos comerciales y obligando a su cancelación con vientos de cierta intensidad, algo frecuente en El Estrecho. Tampoco funcionó. Los llanitos siguieron allí, haciéndonos cortes de manga todos los días a través de la verja; recibiendo más y más turistas por aire y mar; convirtieron Gibraltar en un punto de repostaje para buques, varias empresas de cruceros empezaron a escalar allí regularmente y, en general, continuaron prosperando mientras la zona de Algeciras y La Línea se mantenía deprimida y pobre por falta de inversiones y de actividad comercial.

Verja de Gibraltar durante la II Guerra Mundial

La verja permaneció cerrada durante 18 años. Lo cual quiere decir que hubo quienes llegaron a la edad de votar habiendo pasado toda su vida dentro de una jaula. Un excelente ejercicio español de relaciones públicas.

Mientras, la posición inglesa ha sido demoledoramente simple: el destino de Gibraltar está en manos de sus ciudadanos. Son ellos quienes han de decidir si desean ser españoles o británicos. Y tras tan simple argumento, soltaban una carcajada, porque no cabía hacer otra cosa, dado que nosotros hacíamos cada día más enemigos entre los habitantes del Peñón.

Nuestra reclamación se basa en el incumplimiento británico del Tratado de Utrecht de 1713. Según su Art. 10 entregamos la propiedad de Gibraltar –ciudad, castillo, puerto y fortificaciones- a la Corona Británica a perpetuidad, sin jurisdicción territorial alguna y sin comunicación terrestre con el territorio circundante, excepto para abastecer ocasionalmente a la guarnición y buques en puerto, cuando el acceso marítimo no estuviera abierto o no fuera seguro.

La expresión “sin jurisdicción territorial alguna” se pretende interpretar hoy como que carece de aguas jurisdiccionales; pero a principios del siglo XVIII no existía el concepto de mar interno que, junto con mar territorial, plataforma continental y zona de influencia económica, empezaron a desarrollarse un siglo más tarde y culminaron en la segunda mitad del siglo XX. Cuando se firmó el Tratado de Utrecht se consideraba que un estado tenía jurisdicción sobre aquello que podía defender desde la costa –algo parecido a lo que hoy  se conoce como “real-politik-, es decir, el alcance de una bala de cañón, lo que daría origen más tarde al establecimiento formal de jurisdicción marítima de tres millas a partir de la línea de mínimo nivel de bajamar. Cabría pensar –pero eso prefiero dejárselo a juristas estudiosos de la terminología legal del siglo XVIII- que la expresión “sin jurisdicción territorial alguna” puede interpretarse como una cesión no del territorio sino de las propiedades que en él se encuentran. Lo que dice exactamente ese artículo es “… yield to the Crown of Great Britain full and entire propriety of the town and castle of Gibraltar, together with the port, fortifications, and forts thereunto belonging; and he gives up the said propriety to be held and enjoyed absolutely with all manner of right for ever, without any exception or impediment whatsoever (… cede a la Corona de Gran Bretaña la entera y completa propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, junto con su puerto, fortificaciones y fortines pertenecientes a los mismos; y entrega dicha propiedad para su tenencia y disfrute absoluto con toda clase de derechos para siempre, sin excepción o impedimento de cualquier tipo)”. Esta interpretación –motivada por el hecho de que se refiera a estructuras y no a territorio- nos llevaría a considerar que lo que adquirió Gran Bretaña, como consecuencia del Tratado, fue lo que ellos llaman un “leasehold”, algo parecido a nuestra concesión administrativa aunque, eso sí, a perpetuidad; y en tal caso podría estar justificada la opinión española de que Gibraltar, según el Tratado de Utrecht, carece de aguas jurisdiccionales.

De cualquier manera, el mundo ha cambiado mucho desde 1.713. Nosotros hemos sido los primeros en incumplir el Tratado con varios intentos de recuperación por la fuerza, el primero de ellos solo 14 años después de su firma, con lo que no hemos demostrado mucho respeto hacia los tratados internacionales que firmamos. Gibraltar dejó de ser una colonia hace años, para convertirse en un territorio autónomo británico de ultramar con su propio gobierno y parlamento. Hoy día es impensable que un territorio costero carezca de jurisdicción sobre sus aguas más próximas. El Reino Unido ya no es un enemigo de España, sino un aliado en la OTAN y miembro de la Unión Europea.

La Administración socialista de Felipe González ya inició unas negociaciones que culminaron en una declaración bilateral por la que se pretendía llegar a un sistema de administración conjunta del territorio; pero como no renunciamos a la reivindicación de soberanía, el asunto no prosperó.  Una de las pocas cosas sensatas que hizo la Administración de Rodríguez Zapatero en política exterior fue normalizar las relaciones con Gibraltar –paso muy criticado en su momento por el PP en la oposición- con lo que gozamos de un período de relajación que benefició a ambas partes, como puede apreciarse en un mayor desarrollo local de La Línea y Algeciras. Con el regreso del PP al Gobierno Central, vuelve la tensión. ¿Por qué?

Es no solo absurdo sino ridículo, estúpido y manifiestamente incompetente volver a crear incidentes fronterizos como los que estamos viviendo, más propios de países tercermundistas. España debe hacerse a la idea de que Gibraltar continuará siendo británico sencillamente porque así lo quieren sus habitantes y el Reino Unido está dispuesto a apoyarles. Por la misma razón por la que Ceuta y Melilla seguirán siendo españolas mientras sus habitantes así lo deseen y España esté decidida a apoyarles. Así que, o lo recuperamos por la fuerza, con todas sus consecuencias, o abandonamos la reivindicación de soberanía y nos sentamos con ellos a diseñar un modo de convivencia en el que no haya problemas y, de haberlos, se resuelvan mediante arbitraje o en tribunales y no mandando a la Guardia Civil supuestamente a defender a unos pescadores para luego decirles que se retiren.

Llevamos 300 años haciendo el ridículo en Gibraltar. Creo que ya es hora de que dejemos de convertirnos en el hazmerreír de los británicos.